Descubrir la vocación no es sencillo. Nace de la escucha de Dios que nos habla a través de su Palabra y de otros signos. Sin embargo, hay personas en las cuales esta palabra se perfila con claridad sólo de modo progresivo, después de un largo camino. Moisés es, sin duda, el prototipo de una vocación de este estilo.
Sólo después de muchas experiencias llega por fin a comprender qué es lo que quiere Dios de él, cuál es el objetivo de su llamada. A diferencia de Abraham, que desde el principio, como ya hemos visto el domingo pasado, tiene claro el objetivo de su llamada (un pueblo, una tierra y una Palabra de la que fiarse), las cosas con Moisés suceden de un modo totalmente distinto.
Gradualmente va comprendiendo cuál es su verdadera vocación. El Señor le habla y le pide que libere a su pueblo. Moisés pide pruebas, no lo ve claro, quiere estar seguro…. Dios le revela su nombre: “Soy el que soy”. Moisés entonces ya no duda…. y desde este momento se va a convertir en liberador de su pueblo.
He sido llamado al matrimonio católico, a la consagración religiosa, a la sacerdotal… ¿cómo vivo mi llamada, mi vocación?
Dar fruto.
En nuestro trabajo de todos los días, en nuestras relaciones sociales, en nuestra vida familiar… nos hemos convertido en el centro y queremos que todos giren en torno nuestro, que nos sirvan.
Como la higuera estéril chupamos del terreno que hay a nuestro alrededor sin pensar que los demás esperan los frutos. No podemos negar hoy la vigencia de criterios tales como la “utilidad”, la “rentabilidad”… a la hora de juzgar, no sólo cuestiones económicas, sino aprecios y valías de las personas, comportamientos sociales y personales.
Valoramos lo práctico, lo útil, lo que es rentable. Nos hemos instalado en la mediocridad. ¡Y ni siquiera nos molesta! Hemos acabado acostumbrándonos a ella.
Se nos ha dado casi todo, pero… ¿Estamos produciendo los frutos que Dios espera de nosotros? Tal vez tu vida esté siendo también estéril… porque estás centrándola sólo en ti mismo: tu familia, tus amigos, todas las personas con las que te relacionas han de girar en torno tuyo y las valoras en la medida en que sirven.
Dar fruto significa justamente lo contrario. Es estar pendiente de quien necesita algo de ti: una palabra, un gesto, una parte de tu tiempo… Dar fruto es estar disponible, ser servicial, pensar en los demás, ser capaz de amar al otro sin exigir respuesta… Dios espera que dé frutos.
Debes ser capaz de dar frutos si no quieres que tu vida transcurra lánguida y mediocre. Practicar la misericordia y la compasión es dar frutos de amor.

Dios siempre espera lo mejor de nosotros.
El Evangelio vincula la paciencia con el crecimiento, la vida y los frutos de la higuera; esto está vinculado en definitiva con el amor pues éste forma parte de la auténtica paciencia.
Pues la vida crece despacio, tiene sus horas, sus tiempos, va por muchos caminos y rodeos, especialmente cuando se refiere a nuestro crecimiento espiritual, y esto es lo que Dios contempla desde su infinito amor a los hombres, que muchas veces somos como la higuera del Evangelio.
Quien no ama la vida no tiene paciencia con ella. Dios es el gran paciente porque es el amor y fuente de toda vida. Removemos la tierra, quitemos todo aquello que hace infecunda nuestra vida y dejemos que la Gracia de Dios la abone.
Dirijamos una y otra vez, nuestra oración Dios:
“Sabemos que tu paciencia no se agota jamás, que tu capacidad de espera, no tiene límites. Por eso te decimos: danos una nueva oportunidad. Ten paciencia con nosotros ¡Señor, ten paciencia conmigo, y concédemela, para que las posibilidades que se me han otorgado crezcan y den fruto en el corto intervalo de mi vida en estos pocos años!”.