Si hay una palabra que resuma el mensaje de la Cuaresma de este año es ésta: “misericordia”.
El origen etimológico de la palabra revela un sentido más rico y profundo. En hebreo “rahanim” expresa el apego de un ser a otro. Para la mentalidad semita este apego nace en el seno materno o útero, es decir en las entrañas.
Nosotros diríamos que significa que una persona está en el corazón de otra: es el cariño, la ternura que se traduce en compasión y perdón ante el fallo de un hijo o de un hermano.
El padre del “hijo pródigo” fue ciertamente misericordioso, porque llevaba a su hijo en el corazón, en sus entrañas más profundas. Demostró que le quería porque formaba parte de su ser.
Por eso recibió a su hijo con los brazos abiertos, sin reprocharle nada. Le había perdonado incluso antes de que su hijo se lo pidiera.
Así actúa Dios con nosotros. Querido oyente, esta semana te invito a sentir y a actuar según el corazón de Dios.
Misericordia es también ponerse en lugar del otro.
El “hijo que no era pródigo”, sin embargo no supo, o mejor, no quiso ser misericordioso, quizá porque le faltaban entrañas o porque su corazón era duro como una piedra.
Es verdad que a todos nos cuesta perdonar a los que nos ofenden, máxime cuando nos hacen un daño terrible…
Misericordia es también ponerse en lugar del otro.

Es decir y sentir que “lo que a ti te pasa a mí me importa”.
Eso es solidaridad, ponerse en lugar del otro y sentir en propia carne el dolor del hermano.
Porque misericordia engloba dos términos: “miseria” y “corazón”. Hay que poner corazón en la miseria humana, en aquél que tiene su cuerpo destrozado por la metralla o su espíritu roto por el desamor.
Misericordia y caridad.

En el salmo proclamamos: “¡gustad y ved qué bueno es el Señor!” (Salmo 33).
Ser bueno no es simplemente no meterse con nadie, es hacer el bien, salir al encuentro del que está angustiado, perdonar y amar entrañablemente, como nos enseña Jesús en la parábola que yo titularía con otro encabezamiento: “El Padre misericordioso” porque él, el padre, es el auténtico protagonista.
“Caridad y misericordia están tan estrechamente vinculadas porque son el modo de ser y de actuar de Dios: su identidad y su nombre”.
El Papa Francisco recuerda constantemente la misión de la Iglesia y su anhelo: “Cuánto desearía que en la Iglesia cada fiel, cada institución, cada actividad revelara que Dios ama al hombre”.
El Papa recordó el Jubileo extraordinario que ha convocado y su exhortación a poner en práctica las obras de misericordia:
“En este Año jubilar he querido resaltar que todos podemos vivir la gracia del Jubileo, precisamente poniendo en práctica las obras de misericordia corporales y espirituales: vivir las obras de misericordia significa conjugar el verbo amar como lo hizo Jesús. De esta manera, todos juntos, podemos contribuir concretamente a la gran misión de la Iglesia de comunicar el amor de Dios, que desea extenderse”.